En 2012 renuncié a un trabajo estable en Microsoft en el que ganaba 100.000€ al año para apostar a tiempo completo por los negocios online.
Tenía la esperanza de que me fuese bien y de que eso me permitiese llevar un estilo de vida más libre, pero no había garantías de que mi plan fuese a funcionar.
Lo único seguro era que en cuanto firmase la carta de renuncia dejaría de recibir un sueldo cada mes y perdería mi permiso de trabajo en los Estados Unidos, así que ya no podría volver atrás.
Visto así, lo que hice podría parecer una mala decisión.
Perder algo real y que además me había costado mucho conseguir a cambio de la oportunidad de una vida mejor.
Pero si te paras a pensarlo, te darás cuenta de que todas las decisiones importantes son así:
Siempre hay que renunciar a algo para optar a posibilidad de conseguir otra cosa
Por ejemplo, cuando decides tener hijos, estás sacrificando tu libertad personal y otras muchas cosas a cambio de la posible satisfacción de crear una familia, pero no es seguro que una vez seas padre o madre vayas a ser más feliz.
Cuando decides mudarte a otro país, estás renunciando a tus relaciones personales y a la seguridad de un entorno conocido, confiando en que ese nuevo destino te irá mejor, pero no tiene por qué ser así.
Y cuando decides invertir en una formación, te estás gastando miles de euros porque crees que lo que aprenderás te ayudará a conseguir trabajo o te beneficiará de alguna manera, pero nadie te garantiza que ese vaya a ser el caso.
El error que comete mucha gente a la hora de tomar este tipo de decisiones es poner el foco exclusivamente en lo que puede salir mal:
“¿Y si no funciona?”
“¿Y si no lo consigo?”
“¿Y si acabo peor de lo que estoy ahora?”
Sólo piensan en las cosas que perderían o a las que tendrían que renunciar, y eso les lleva a jugar a la defensiva.
A proteger lo que tienen (aunque no les guste) en vez de ir a por lo que quieren.
Este comportamiento es lo que yo llamo jugar a no perder, y el resultado siempre es el estancamiento.
Jugar a no perder es el amigo que conoce a una chica con la que está genial, pero prefiere no empezar una relación con ella porque no sabe si funcionará, y no quiere renunciar a la libertad de la soltería o arriesgarse a sentir el dolor de una posible ruptura.
O el profesional está en un trabajo que odia, pero aún así no acepta otras ofertas porque no quiere renunciar a los 5 años de antigüedad que lleva acumulados y al dinero que eso supondría en caso de despido.
Pasan los años y estas personas siguen en el mismo punto en el que estaban, porque en el fondo nunca se han dado la oportunidad de avanzar.
La alternativa a jugar a no perder es jugar a ganar.
En vez de ponerte en el supuesto de que te la vas a pegar, abrirte a la posibilidad de que las cosas salgan bien (porque pueden salir bien, joder, que a veces nos olvidamos).
Cambiar tu discurso interno y preguntarte:
“¿Y si funciona?”
“¿Y si lo consigo?”
“¿Y si mi vida mejora?”
E ir a por tus objetivos con todo.
¡Ojo! Esto no significa hacer locuras o ser imprudente.
Significa que si hay algo que es importante para ti y tienes delante un camino que puede llevarte hasta allí, merece la pena intentarlo aunque el éxito no esté garantizado.
En mi caso, es cierto que dejar Microsoft suponía renunciar a un salario fantástico y que no había garantías de que mis negocios online fuesen a funcionar.
Pero también era cierto que otras personas ya habían hecho lo mismo que yo tenía en mente y les había ido bien. Entonces… ¿por qué no iba a poder conseguirlo yo?
Además, sabía que el estilo de vida que buscaba no era compatible con mi trabajo como programador, así que por mucho que me pagasen necesitaba encontrar a algo diferente.
Por todos esos motivos, decidí jugar a ganar.
Aunque no tenía garantías de ningún tipo, firmé mi carta de renuncia y el 16 de noviembre de 2012 abandoné Microsoft.
¿Y sabes qué?
Que gané. Que me fue bien.
Mis negocios online tuvieron éxito.
Viajé por el mundo durante varios años viendo grandes aventuras.
Y cuando conocí a una chica especial de Chequia, el trabajar en remoto me permitió mudarme a Praga para que esa relación pudiese prosperar.
Hoy en día, esa mujer es la madre de mis hijos, yo sigo viviendo de mis negocios online, y disfruto de la libertad geográfica y de horarios que siempre había querido.
¿Me podría haber salido mal la jugada? ¿Podría haber fracasado?
Por supuesto.
Pero lo que es seguro es que si me hubiese quedado en Microsoft, nada de lo que te acabo de contar habría sucedido.
Por eso, si no estás satisfecho con algún aspecto de tu vida, y pasan los años y nada cambia, lo primero que tienes que preguntarte es:
¿Estoy tomando decisiones que me acercan a lo que quiero? ¿O estoy más preocupado de defender lo que ya tengo?
¿Estoy jugando a ganar, o estoy jugando a no perder?
Porque si nunca te das la oportunidad de ganar, es imposible que ganes.
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He recopilado los 25 modelos mentales que más me han ayudado a tomar buenas decisiones a lo largo de mi vida, y los he explicado de manera sencilla y con ejemplos prácticos para que puedas usarlos fácilmente.